Discutir si la Sagrada Familia debería haberse continuado construyendo tras el fallecimiento de Gaudí es una cuestión bizantina. La considerada “una mona de pascua” por algunos recalcitrantes se ha continuado levantando, tras el fallecimiento del Maestro, durante cien años y lo hará unos cuantos más, hasta su culminación.
La cuestión debatible es, sin duda, el mayor o menor acierto con el que esta magna obra se lleva adelante. Tras mi opinión radicalmente contraria, sufrí una conversión radical (como San Pablo cayendo del caballo) cuando el arquitecto Alfons Soldevila me arrastró a visitarla en el año 2002. Muchos detalles me parecieron equivocados, pero el espacio y la luz -los protagonistas de la Arquitectura- me deslumbraron. Así lo expresé en el artículo ¿Cómo pudimos equivocarnos tanto? reproducido en prensa nacional e internacional. Para la inteligentzia arquitectónica fue un escándalo y algunos aún no me lo perdonan. Pero, parafraseando a Abraham Lincoln diría que una persona puede engañarse en repetidas ocasiones pero que cinco millones de visitantes no pueden equivocarse tras cien años.
Es indiscutible que gran parte de la oposición a la obra se debe a que es un templo religioso. No uno más, sino el acontecimiento católico más relevante del mundo; hasta los últimos Papas han sido conscientes de ello. A lo largo de los años, muchas personalidades refractarias a la religión han intentado detener la obra. Todos los alcaldes barceloneses de la democracia -declaradamente ateos- se han manifestado reticentes, cuando no abiertamente contrarios, como la ínclita Ada Colau. Se ha intentado detener la obra con argumentos tan peregrinos como que carecía de licencia municipal. Tras la publicación de mi acto de contrición en la prensa, a pesar de que reconocí mi agnosticismo, fui invitado al arzobispado de Barcelona y al Vaticano. Las jerarquías eclesiásticas son muy conscientes del universal poder comunicativo del Templo.
No cabe duda, la Basílica se acabará. Culminada la Torre de Jesús, la obra importante aún pendiente es la fachada principal, la de acceso al templo, la de la Gloria. Es una obra compleja que incluye cuatro torres similares a las ya levantadas en las fachadas laterales, una atrevida marquesina volando sobre el acceso… Un ambicioso desafío arquitectónico pero que, a la vista de las espléndidas maquetas elaboradas por el equipo responsable estoy seguro de que se realizará con éxito. Una cuestión más peliaguda es la inclusión de imágenes figurativas. El arte figurativo está en horas bajas y el religioso mucho más. Pero Gaudí, que recomendó que en interior de la nave solo se dispusiera un San Jordi y un Cristo crucificado, preveía la fachada de la Gloria como una apoteosis escultórica que bajo el Dios Padre escenificase un juicio final miguelangelesco, oficios terrenales, unos condenados a los infiernos... Pero los tres artistas invitados a lanzar una propuesta no deben resolver una fachada -que quedará muy oculta tras la marquesina y un bosque de columnas- sino una enorme pronaos de unos sesenta metros de altura. Es un desafío enorme que, como dice Antonio López, quizás solo un pintor rupestre como Barceló puede resolver.
La cuestión más conflictiva que queda pendiente es el acceso a este espacio, o sea la entrada protocolaria a la Basílica. El problema es que su nivel queda unos cinco metros por encima de la calle Mallorca a la que da frente. Problema que Gaudí proyectaba superar creando una esplanada que, sobrevolando la calle, aterrizaba en una amplia escalinata en la manzana vecina. El problema es que en este lugar el promotor Núñez y Navarro construyó, hace años, un bloque de viviendas de nulo valor arquitectónico pero todas ellas hoy habitadas.
Para muchos este hecho imposibilita la culminación del proyecto gaudiniano. No conocen la capacidad, la paciencia y la fe de la Junta Constructora del Templo que, a lo largo de los años, ha superado el desprecio de la administración y de intelectuales, amenazas de prohibición, dificultades económicas, una pandemia… Nunca ha recibido un euro de la administración, es un Templo Expiatorio, se está levantando con el exclusivo apoyo de los fieles o, si queréis, de los visitantes que hoy alcanzan los cinco millones anuales y abonan una entrada -o un donativo, como ellos prefieren llamarlo- de quince euros. Tienen dinero. Si la obra no va a un ritmo superior es porque es muy compleja y está llenas de preciosos detalles, muchos de los cuales inapreciables desde el suelo.
Cuando comento a Jordi Faulí -director de las obras y un amigo- que el Ayuntamiento no piensa ayudar en el desalojo del bloque de Núñez me contesta: -Ya lo sabemos, no te preocupes, lo tenemos todo previsto.
Una anécdota puede ejemplarizar la actitud de la Junta: Jordi Bonet, el arquitecto jefe durante un montón de años me dijo:
-Tusquets, convéncete, en cien años trabajando a unos sesenta metros de altura hemos tenido cero accidentes mortales.
-Si, que tremenda suerte, Jordi.
- ¡Cómo suerte, es evidentemente un milagro!
Y ante mi sonrisa… se ofendió.